Lluvia...
Ese repiqueteo en los cristales espanta mis males... me gusta la lluvia.
La lluvia tiñe de gris la ciudad. Y la oscurece. Es bonito... diferente. Y la ciudad brilla...
Pero también Madrid se colapsa... hasta límites insospechados. Lo que en condiciones normales te lleva 5 minutos en bus, se transforma en 25 minutos. Y eso... no es tan relajante. El metro se peta y el bus se convierte en sauna...
Por eso la lluvia es genial cuando sales de casa porque quieres, y no porque tienes que hacerlo.
La lluvia, además, transforma mi pelo. Caen 4 gotas y... fus: se me eriza instantáneamente. Es bastante curioso... y muchas veces irritante si me he tirado una hora alisándomelo la noche anterior, pero bueno, he aprendido a vivir con ello...
Por eso hoy he sacado mi gorro de lluvia y me lo he encasquetado. Me he cogido mi gabardina negra elegantísima (la primera puesta de la temporada) y, con la pashmina de vivos colores (una de las tantas que tengo) anudada alrededor del cuello, me he subido las solapas y me he encaminado a la calle. El pelo, intacto. Éxito.
Sólo necesito un paraguas rojo... y seré feliz.

A veces los fantasmas se materializan antes de lo que esperaríamos...
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