El tiempo y su relatividad
Dos minutos esperando a que el semáforo se ponga en verde pueden parecer una eternidad cuando llegas tarde. Pero esos mismos dos minutos, sentada en una terraza con un café caliente entre las manos, pasan sin pedir permiso, casi sin avisar. Ni te das cuenta. Parpadeas y ya no están.
Cinco minutos antes de una cita importante pesan como una mochila llena de piedras. Cinco minutos más en la cama un lunes por la mañana son un regalo caído del cielo. El tiempo no es justo, ni pretende serlo. Cambia de cara según el humor, la compañía, el lugar y el momento del día.
Una hora en una sala de espera blanca y silenciosa se estira como un chicle viejo. Una hora de conversación con alguien que te hace reír se encoge hasta desaparecer. Y luego te preguntas en qué momento se fue, en qué momento el reloj decidió avanzar sin avisar.
Decimos que no tenemos tiempo, pero perdemos minutos mirando al vacío, desplazando el dedo por la pantalla, esperando algo que no sabemos muy bien qué es. Quizá tiempo también sea eso: la sensación constante de que se nos escapa algo entre los dedos.
Al final, el tiempo no corre. Somos nosotros los que intentamos alcanzarlo, los que vamos siempre un paso por detrás, creyendo que mañana tendremos más, que luego será distinto. Y mientras tanto, el ahora sigue pasando, discreto, implacable y un poco burlón. Como siempre.
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