sábado, 2 de febrero de 2008

Confesiones de una shopaholic...

Esta tarde me la he pasado entera de comprichuelinas con Belle, que ya nos tocaba. Hemos ido al Moda Shopping, pues los rumores decían que habían abierto nevas e interesantes tiendas (mmmm...), que había mercadillo de saldos (mmmm...) y que aún quedaban interesantes rebajas (mmmm...).

Y hemos pillado. Sip. Culpables somos. ¿Mi balance? 2 bolsos por 70 euros el total. El marrón y grande, para todos los días, con asa trenzada y forma de castañuela, de 180€ me lo he llevado por 50. El otro, gris, pequeño y apurpurinado, con asa larga y trenzada (perfecto para mi vestido Baby Doll de Navidad), antes 40, ahora 20€...

¿No son geniales las rebajas?¿no es fabuloso comprar?

Si he de ser sincera, me costó un poco decidirme a comprarlos. Dimos toda una vuelta a la planta, fuimos al baño, y volvimos a rondar la tienda antes de que por fin me decidiera. Y lo hice, sobre todo, por el miedo a que, cuando decidiera por fin comprarlos, ya no estuvieran allí. Dede la otra punta del centro volvimos ex-proceso... y una vez que por fin llegamos, me pareció como si hubiera corrido una maratón para llegar. Es más, estoy convencida de que debería considerarse el shopping como una actividad cardiovascular. No creo que mi corazón lata más deprisa que cuando una de mis tiendas favoritas aparece en e horizonte con un cartel de rebajas en el escaparate.

Busco el monedero y saco la tarjeta esperando impaciente a que la señorita me envuelva la compra. La doy conversación, incluso, para que no se duerma en los laureles (adoro que me hagan la pelota cuando estoy comprando), y casi me dan ganas de gritar "¡Sí!", cuando por fin tengo la bolsa en mis manos. En serio... el momento es sensacional.

Ese momento... ese instante en que tus dedos se cierran sobre las asas de una recién estrenada bolsa, y todas las maravillosas cosas que contiene se convierten en tuyas. Tuyas, para siempre. ¿Cómo es ese momento? ¿eh? Es como levantarse una mañana y descubrir que es domingo, como comerse una onza de chocolate en mitad de una dieta. Todo lo demás simplemente desaparece, tu mente lo bloquea. Es puro y divino placer egoísta.

Sales de la tienda despacio, con tus bolsas, todavía envuelta en un halo de gusto. ¡Ay! quién fuera millonaria.

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