Madrid en modo silencio

Madrid no está hecha para la nieve. Mal que me pese, porque sabéis que soy mujer de invierno, Madrid es más de sol que deslumbra, de terrazas en febrero “porque hoy se está bien”, de bufandas que sobran al mediodía. Por eso, cuando nieva, la ciudad se queda un poco descolocada, como si no supiera muy bien qué papel le toca interpretar. Y quizá ahí está parte de la magia.

La breve nevada del lunes de enero de 2026 víspera de Reyes no fue gran cosa, objetivamente hablando. No hubo muñecos de nieve épicos ni trineos improvisados bajando por la Castellana (para mi desgracia, que llevo años pidiéndole a los Reyes otra Filomena). No colapsó la ciudad ni se escribió una nueva página histórica. Nevó poco. Lo justo. Pero lo suficiente como para transformar Madrid en otra cosa durante unas horas.

La nieve cayó con esa delicadeza suya, casi pidiendo perdón, con los copos haciendo espirales en el aire. Y la ciudad, sorprendentemente, respondió en silencio. Un silencio raro, espeso, como si todos estuviéramos aguantando la respiración a la vez. Los coches pasaban más despacio, la gente caminaba con cuidado y hasta los perros parecían menos perros y más exploradores del Ártico, oliendo el suelo con desconfianza.
Todo tenía aspecto de estar cubierto de azúcar glass. Los tejados, los bancos de los parques, los capós de los coches mal aparcados. Madrid parecía un gran roscón espolvoreado, a medio hacer, esperando a que alguien sacara el chocolate caliente. Y durante un rato, la ciudad dejó de ser gris para volverse blanda. Visualmente blanda, al menos. Y más bonita si cabe.

La nieve tiene esa capacidad milagrosa de maquillar el caos. Las aceras rotas se vuelven poéticas, las farolas parecen sacadas de una postal y hasta los contenedores adquieren cierta dignidad. No arregla nada, pero lo disimula todo con elegancia. Como una buena iluminación o una risa a tiempo.

Lo mejor es que la nieve nos cambia el ritmo sin pedir permiso. De repente no hay tanta prisa. Llegar cinco minutos tarde parece razonable. Mirar por la ventana se convierte en una actividad perfectamente válida. La productividad baja, pero sube algo mucho más interesante: la capacidad de asombro. En una ciudad que va siempre con el piloto automático puesto, eso es casi revolucionario. Y mucho más en las fechas en las que estábamos cuando hizo acto de presencia, en que todos somos un poco más niños durante un par de días.

Lo malo es que el encanto nos duró poco. Madrid no sabe retener la nieve. En cuanto sale el sol, empieza a derretirse como si también tuviera prisa por volver a la normalidad. En apenas unas horas sólo quedaban charcos sucios y ese recuerdo compartido de “¿te acuerdas esta mañana?”. Pero durante esas horas breves, algo cambia.

La nieve nos recuerda que la ciudad puede parar. Que el ruido no es obligatorio. Que el silencio existe y no da miedo. Que, aunque sea por un momento, podemos quedarnos quietos, mirando cómo cae algo tan sencillo y tan innecesario… y sentir que, curiosamente, todo está bien.
Y luego ya sí. Que vuelva Madrid. Pero que no se nos olvide del todo cómo fue cuando parecía cubierta de azúcar glass.



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