A la luz del fuego

¿Os habéis dado cuenta de que cuando todas las luces están encendidas, la gente tiende a hablar de lo que está haciendo, de su vida "hacia fuera"?

Sin embargo, una vez nos sentamos a la luz de las velas o del fuego, las conversaciones se vuelven "hacia dentro": hablamos de lo que sentimos, de lo que pensamos, de nuestra vida interior. Las pausas se alargan y las discusiones se olvidan. Y es que las luces tenues, con su halo de romanticismo, nos envuelven en sombras que nos hipnotizan y arrastran hacia el intimismo. 

Las velas, el fuego con su luz cálida, tienen ese toque de magia que nos baja el volumen del mundo exterior y nos sube, sin pedir permiso, el de la voz interior. Como si alguien hubiera girado un regulador invisible y, de repente, ya no importara tanto el correo sin responder, la lista de la compra o si mañana lloverá. Importa si estamos bien. O regular. O “no sé muy bien, pero espera que te lo cuento”.

A la luz de una vela no se habla deprisa. No se puede. Las palabras salen más despacio, como si también ellas necesitaran acostumbrarse a esa penumbra. Una vela no admite prisas ni frases gritadas. Es una luz educada. Si levantas demasiado la voz, parece que vaya a apagarse por puro pudor… de hecho, hasta puedes verla temblar.

Quizá por eso, alrededor del fuego o de una llama pequeña, la gente confiesa cosas. Cosas pequeñas, normalmente. No grandes dramas de telenovela (aunque alguno cae), sino verdades domésticas: que últimamente estamos cansados sin saber por qué, que echamos de menos a alguien, que tenemos miedo a cambiar aunque lo estemos deseando con todas nuestras fuerzas. A plena luz del día estas frases nos parecen excesivas. Con una vela delante, parecen naturales. Casi necesarias.

Las velas también tienen ese don maravilloso de hacernos más guapos. Todos. Sin excepción. Las arrugas se vuelven interesantes, las ojeras adquieren un aire bohemio y hasta el pijama viejo parece una elección estética consciente. No es vanidad, es iluminación estratégica. Por algo los restaurantes románticos no ponen fluorescentes de hospital. Las sombras nos regalan misterio.
Y luego está el fuego. El fuego de verdad. El que cruje, chisporrotea y parece tener conversación propia. El que te atrapa la mirada sin pedirte nada a cambio. Puedes pasarte horas mirando una chimenea y no pensar en nada concreto, que es una forma muy sofisticada de descanso mental. El fuego no te juzga, no te interrumpe y no te pregunta si has probado a meditar. Simplemente arde, y eso, curiosamente, calma. Al menos eso es lo que me pasa a mi. 

Encender una vela es también un gesto. Un pequeño ritual cotidiano que dice: “paro”. Paro el día, paro la cabeza, paro un momento la urgencia de ser productiva. Es un acto de rebeldía suave. No cambia el mundo, pero cambia el clima del salón. Y a veces eso es suficiente… por eso me construí mi pequeño árbol de cerámica, y me tomo en serio cada vez que enciendo una vela en mi habitación.

Quizá por eso nos gustan tanto las cenas a la luz de las velas, los baños con una llamita temblando en el borde de la bañera o esas noches de invierno en las que el fuego se convierte en el centro de todo. Porque, en el fondo, no buscamos luz para ver mejor, sino sombra para sentir más.

Y así, entre sombras danzantes y silencios cómodos, recordamos algo que se nos olvida con demasiada frecuencia: que no siempre hace falta iluminarlo todo. Que hay cosas —las importantes— que se entienden mucho mejor cuando bajamos la luz.



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