sábado, 29 de junio de 2013

La canción del Mes de Junio: Bruce Springsteen

Había dormido poco y mal. Supongo que por el miedo a no despertarme a tiempo. Pero allí estaba, a las 7 de la mañana, en un vagón de metro camino de la estación de Chamartín, con la sonrisa más boba que he llevado puesta en mucho tiempo. Porque esa noche iba a volver a ver a Bruce Springsteen en mi particular tierra prometida, en el lugar en el que le vi por primera vez, tras no haber querido ir al concierto del año pasado en el Bernabeu.

Y es que con Bruce tengo una relación de amor y odio. Porque no consigo perdonarle que tras hacer algunos de los discos más perfectos del siglo pasado, lleve casi 30 años conformándose con hacer discos mediocres. A veces me gusta imaginarme a Steve Van Zandt, cual consiglieri, a lo Silvio Dante, pidiéndole que vuelva a hacer canciones como las de antes, sin arreglos raros, que no se acomode.

Pero ya en el tren, sabía que esa noche quería volver a creer, necesitaba volver a creer: creer en que un día saldremos de aquí y nos convertiremos en triunfadores; creer que el amor es real y además, salvaje; creer que podremos caminar como los héroes de las películas y ser amigos hasta el final; creer que somos vagabundos y nacimos para correr; creer que alguien conducirá toda la noche sólo para vernos. Porque ése es el Bruce que descubrí con quince años, cuando aún nos quedada algo de pureza y sabíamos ver la belleza en las cosas, porque mientras aún nos quedara eso, seguiríamos teniendo algo de la inocencia que se nos escapaba entre los dedos, y entonces podríamos ser eternamente jóvenes.

Así que tenía muchas, muchas ganas que empezara el concierto. El ambiente en la pista era festivo y el concierto acabó siendo una fiesta. Springsteen siempre se entrega. No tocó ningún disco completo. No tocó el Kitty´s Back (desaprovechando la sección de viento que llevaba, y yo quedándome con las ganas una vez más). No tocó ni Backstreets ni Jungleland. Hubo momento karaoke, hubo niños en el escenario. Pero era imposible no disfrutar de lo estábamos viviendo. Y hubo tres momentos mágicos por los que merecieron la pena el madrugón, el dormitar en el tren en mala postura (y el dolor de cuello que tengo hoy), las horas de espera de pie, los pisotones de los que atraviesan la pista a por cerveza, los bailes de los maduritos que siempre tienes al lado en los conciertos... : una estupenda versión eléctrica de Atlantic City, esa brutal historia de una pareja a la que no le queda nada; una maravillosa versión del Drive All Night, emotiva, sincera, de esas que te hacen pensar que todo va a ir bien y porque una frase como "I´d drive all night, just to buy you some shoes" es preciosa y perfecta; y un Thunder Road acústico que llegó cuando todos pensábamos que se acababa, una versión sentida, derrotada, despojada de su carácter de himno rebelde de juventud, desnudada para mostrarse como un recuerdo de lo que pudo ser y no fue, sin resentimiento pero con melancolía. Y salí del concierto intentando caminar como los héroes de las películas, volviendo a creer y con la certeza de que todavía no es demasiado tarde.

Thunder Road es la canción que se me viene a la cabeza cuando me preguntan por mi canción favorita. Pero hay días en que no lo es. Hay días en que mi canción favorita es Backstreets. Porque es la canción que muestra mejor la pérdida de la inocencia, y por esta frase:

"Remember all the movies, Terry, we'd go see Trying to learn how to walk like heroes we thought we had to be And after all this time to find we're just like all the rest"


Y ésta versión que adjunto es del concierto de1 15 de diciembre de 1978 en Winterland (puede que el mejor bootleg de la historia), con una versión muy primitiva del Drive All Night que termina siendo un puro reproche, la más intensa que he oído.

   

Steve Van Zandt, Little Steven, Miami Steve, no es sólo el guitarrista con el pañuelo pirata de la E Street Band. También será para siempre Silvio Dante, el entrañable consiglieri de la familia Soprano, el gangster del tupé imposible y los imposibles trajes.


La semana pasada falleció de un infarto James Gandolfini, siempre Tony Soprano. Su muerte ha dejado un reguero de obituarios (algunos magistrales) que en su mayoría confundían al actor con el personaje. Gandolfini tuvo la suerte de pasar de ser un rostro condenado a ser un eterno personaje secundario a encarnar al personaje más representativo y emblemático del s. XXI, y seguramente nunca hubiera encontrado otro que le hiciera quitarse esa etiqueta. Quizás no hacía falta quitársela, porque Tony Soprano nunca hubiera sido lo que fue sin James Gandolfini: no importa que lo escribieran los guionistas que cambiaron el curso de la ficción televisiva (David Chase, Matthew Weiner), que los demás actores de Los Soprano (Edie Falco, Lorraine Bracco, Steve Buscemi...) fueran estupendos. Porque fue Gandolfini es el que le prestó el corpachón a ese Tony Soprano que era cruel y vulnerable a la vez, que sufría ataques de pánico, que se enternecía cuando los patos se asentaban en su piscina, que ponía ojos de mirada bobalicona cuando estaba con sus amantes y que en otras ocasiones transmitían la máxima frialdad. Porque Tony Soprano era un monstruo en una espiral de autodestrucción, pero con una personalidad magnética, y durante seis temporadas deseábamos que se salvara. Y probablemente por eso se ha escrito más sobre Tony Soprano que sobre el propio Gandolfini. Porque consiguió crear al personaje más interesante que nos ha dado la televisión, con ese algo intangible que sólo crean los grandes actores. Tony Soprano no era guapo, no era especialmente simpático, era un infiel recalcitrante, era capaz de asesinar sin remordimientos, pero era el eje sobre el que pivotaba esa tragedia clásica que eran Los Soprano. Y cuando se crea algo tan perfecto, es fácil que te haga sombra. James Gandolfini siempre será Tony Soprano y Tony Soprano siempre será James Gandolfini. Siempre tendrá un lugar en el imaginario de nuestra época. Y ya no pensaremos en el mafioso como James Cagney, George Raft o Edward G. Robinson, con las corbatas amarillas sobre camisas negras, pensaremos en tipo en calzoncillos y albornoz que busca con la mirada en su piscina a los patos que un día se fueron volando. Y tendrá los ojos tristes y la media sonrisa de James Gandolfini.

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Clarita Ochoa

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