sábado, 5 de enero de 2013

Honor him

No creo que vaya a desvelar ningún misterio a estas alturas… así que me siento en la libertad de hacer este comentario que es, por un lado, una reflexión surgida de ver una vez más el final de la película de Gladiator, y al mismo tiempo un desvío del tono que normalmente tiene este blog, más centrado en la moda. No esta demás que de vez en cuando, salga yo a mostrar algo que tiene más que ver con quien soy que con mis pasiones, aunque en este post se junten algo de ambas.


Creo que hay pocas escenas más bellas que los minutos finales de la película de Gladiator, justo desde que los contrincantes se alzan en la pasarela al Coliseo rodeados de la guardia pretoriana y bajo una lluvia de pétalos de rosa (en la que Cómodo se baña, ajeno a su destino) hasta el final, cuando Máximo es alzado en volandas por sus compañeros.

No sé si es la música, que cuando después de un silencio latente que cierra nuestro interés sobre los contrincantes en su lucha da paso, poco a poco y de manera casi imperceptible para los que, al contrario que en mi caso, no conocen cada acorde de la banda sonora, se hace hueco un cántico casi celestial que gana en importancia con el devenir del destino de Máximo; o las imágenes y sonidos que entrelazan los momentos de nitidez del héroe con esos pequeños requiebros que lo trasportan a las puertas del Paraíso que hacen este final tan bello, pero el caso es que para cuando el Emperador yace inerte en el suelo y Máximo parece abrir las puertas del Elíseo, al menos dos lágrimas ya corren por mis mejillas silenciosas. Son desgarradoras esas imágenes en las que ausente y preso de sus delirios al borde de la muerte, Máximo parece abrir las puertas de su villa en Iberia mientras todos le miran estupefactos.

No importa que haya visto la película al menos una veintena de veces (y no exagero), y que conozca las palabras que se intercambian en esta escena de memoria, siempre logro emocionarme cuando el soldado, preso, gladiador y héroe cae al suelo tras devolver a Roma el sueño de su existencia. Tampoco parece justa esta muerte… después de tanto esfuerzo, sufrimiento… de aguantar hasta cumplir con su destino, Máximo cae redondo al suelo como un saco pesado.

Las siguientes dos lágrimas caen cuando ella se arrodilla a su lado y presa de una infinita tristeza, despide al héroe y le da permiso para reunirse con los suyos, mientras el público del coliseo guarda silencio y es absolutamente ajeno al devenir de su futuro. “Él fue un soldado de Roma. Honrarle” es lo que espeta ella. Y nadie nunca ha dicho tanto con tan poco, llenas sus palabras de un enfado que no sabe bien si va dirigido al público, al comandante de la guardia, o a ella misma por dejar morir al hombre que les ha devuelto sus vidas.

Os dejo con los dos vídeos que he encontrado hagan referencia a estas líneas, esperando que, como yo, disfrutéis de las escena. Huelga decir que es una de mis películas favoritas de todos los tiempos, y que por mucho que la vea, nunca acabo de cansarme. Todavía recito de memoria y en dos idiomas algunas de sus frases más célebres, y aún así me siguen sorprendiendo las lágrimas al llegar a este punto. Lo dicho, que lo disfrutéis.


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