sábado, 6 de diciembre de 2008

Iluminados por la Navidad...

Parece mentira que estemos a las alturas que etemos y una servidora no haya todavía comentado sobre las luces navideñas que adornan estos días la bella Capital de las Españas.

Como siempre... diversidad de opiniones. A mí como que haya inteligentes que digan que por estar en crisis, deberíamos cargarnos las luces, me da por saco... qué queréis que os diga. Una Navidad sin luces es como un ramo sin flores: está bien, pero como que le falta algo. Así que, aunque no aplaudo todos los diseños (por Dios, el árbol rosa de Colón, es ESPANTOSO), aplaudo la decisión de reducir el horario de encendido, utilizar bombillas de bajo consumo, y ponerle a la crisis buena cara.

Hasta Nochebuena, el horario de encendido será de 18:00 a 22:00 horas, mientras que entre el 24 de diciembre y el 6 de enero permanecerán encendidas de 18:00 a 00:00 horas, a excepción de los días 24, 25 y 31 de diciembre, así como el 5 de enero, que estarán encendidas hasta las 7:00 horas de la mañana.

Y ahora, al lío. Las luces navideñas.

Pido a Dios que ilumine al Sr. Gallardón para que en años venideros, eliminemos las modernidades horteras y renovemos las luces más clásicas, sencillas a la par que elegantes. Me refiero a utilizar encendidos del tipo de los de la calle Ortega y Gasset, con bolas alternas en azules y blancos y olas luminosas que son elegantes como los que más.

Me refiero también a los bolondrios de la calle Gran Vía, o a las clásicas campanas, herraduras y demás que desde mi más tierna infancia sorprenden al doblar las esquinas de calles más pequeñas y circundantes a granes vías. Un lavadito de cara y... ¡listos para los años qe vienen!

Quiero, Sr. Gallardón, que desaparezcan los infames árboles como los de la Plaza de Colón, cuyas luces fuxias distraen, y espantan al más pintado, y son terroríficamente anti navideños. Mi sorpresa se tornó susto el otro día cuando, al acercarme en el coche hacia semejante infamia, comprobé espantada que, efectivamente, aquel enorme condón rosado pretendía ser la renovación del clásico árbol de navidad. ¡Jesús, qué susto!

Quiero, Sr. Gallardón, que la Castellana no parezca una mesa de fichas de Casino de las Vegas, con platillos luminosos que animan a la apuesta. Quiero que cuando se siembre de bellas palabras la calle Velázquez, aparezca la palabra "Navidad", y que no se la huya como con miedo a que, Dios no lo quiera, contagie a todos de su espíritu de celebración.


Quiero, en ese mismo orden de cosas, que la Calle Jorge Juan no ostente adornos que de minimalistas pecan, lluvias de pequeñas y titilantes luces azules que en su parpadeo recuerdan a las olas del mar. Un motivo típicamente de estas fiestas, tanto como el mikado enorme de Narváez.

Quiero luces como las del Corte Inglés, con copos de nieve y luces que parpadeen intentando imitar una nevada.

Quiero estrellas fugaces como las de Preciados de años anteriores.
Quiero también, Sr. Gallardón, que la Señora Agatha Ruiz de la Prada se dedique a sus vestidos, sus cuadernos, sus corbatas, colonias y maquillaje, y deje el diseño de luces navideñas para otros, algo más clásicos y sencillos. Porque aunque no me repelen sus luces, me resultan algo recargadas y chocantes cuando cuelgan, inmensas, sobrevolando la calle Princesa.
Gracias, gracias Sr. Gallardón.

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