miércoles, 17 de septiembre de 2008

A golpe de taxímetro...


En general suelo tener bastante suerte con los profesionales del taxi, pero hay veces que no puede ser, y te toca algún pesado de turno como el del otro día. He tenido la suerte de ir en taxi en muchas ciudades diferentes (por aquello de viajar), lo que me da derecho a opinar y, ¿por qué no? Comparar.

Los taxistas neoyorkinos son aprovechados de profesión. En temas de propinas les das la mano y te cogen el pie en menos que te lo estoy contando (todavía recuerdo el desvergonzado que quiso quedarse con 20$ de propina, queriendo entender que “take 20” significaba que del billete de 50$ con el que quería pagar 16$ debía cogerse 364 porque él lo valía). Además, y cuando el tráfico lo permite, parecen llevar el pie pegado al acelerador con cinta aislante… porque madre mía. Tengo muy vivo todavía en la memoria aquel viaje que hice en mi primera noche en NY el verano de 2007. Después de un eterno viaje en el que mi vuelo se había retrasado (perdiendo la conexión con el de Londres-NY), mi maleta se encontraba en un punto aún por determinar en la geografía londinense, y una servidora llegaba a la ciudad de los rascacielos con 6 horas de retraso y de madrugada, en un punto a mitad de camino entre el aeropuerto y la residencia tuve la certeza absoluta de que mi muerte iba a producirse allí mismo: En un taxi amarillo. ¡Qué manera de coger los baches señor mío! ¡Qué velocidad punta! Y si a eso le añades el disgusto que llevaba encima… pues para de contar. También está el tema de que son todos indios, y que se dedican a hablar entre sí durante el viaje por sus ultramodernos manos libres y pinganillos varios sin apenas darse cuenta de a quién o a dónde te llevan exactamente…

Los taxistas chinos son un mundo a parte. Una piensa al dejar NY, que con ello deja atrás el peligro de morir mientras se desplaza en un taxi… pero nada más lejos de la realidad. Más de una vez este verano he temido por mi vida al comprobar cómo un conductor atravesaba 4 carriles de autopista sin pestañear y mucho menos mirar por el retrovisor. Bien es cierto que hay que tener en cuenta que esta gente son todos L (no hace más de 3 años que tienen carnet), pero aún así. Un taxista chino, además, no lee más que chino ni entiende otra cosa que no sea chino… lo cual dificulta enormemente la comunicación. Es por ello que fueron varias las ocasiones en las que fuimos abandonados a nuestra suerte en alguna que otra calle local ante la imposibilidad del taxista de orientarse. Tampoco fueron una ni dos las veces en las que hubo que llamarse a otro de los compañeros Xinitos del convoy pertinente, prestarle el móvil al conductor y que se entendieran entre ellos, o que tuviéramos que llamar al destino y que desde allí guiaran al taxista. Estupefactos mirábamos entonces al conductor mientras éste chillaba y gesticulaba por el teléfono. De las uñas del dedo meñique largas, largas de esta gente mejor prefiero no hablar, que lo mismo hasta potáis… por lo menos baratos eran. EXTREMADAMENTE baratos: ¾ de hora de taxi al módico precio de 3 eurillos… Señor Gallardón, ¿alguna idea?

Otros taxis que merece la pena mencionar son los de Washington. Cuando escuchaba historias rocambolescas sobre ellos, confieso que las calificaba de leyendas urbanas, pero el caso es que cuando una las vive en sus propias carnes, no le queda más remedio que convertirse. En esta ciudad, se paga por persona y destino. Sí, sí... una cosa graciosísima. El taxista cuenta a cuántos churumbeles lleva, pregunta el destino, y calcula precio. Nosotros nos metimos 5, pero he oido de anteriores Insiders que la cifra ha llegado hasta los 8. "¿Qué apostamos, qué apostamos...?"

Los taxis en París, como todo en esta bellísima, aunque super cara ciudad, son mínimo un 50 % más caros que en cualquier ciudad española y contrariamente a otras ciudades no son de un color determinado, sino que simplemente se distinguen de los coches "normales" porque llevan un cartelito que les identifica en el techo del vehículo. Es por ello que no es sencillo identificarlos, y aunque por la noche llevan iluminado el cartel superior si están libres, a menudo se confunden los libres con los ocupados, ya que estos también tienen una pequeña luz que siempre está encendida. Otra curiosidad de los taxis parisinos es que sólo cogen 3 ocupantes como máximo (con algunos se puede negociar un "extra" para que otro ocupante se coloque de "copiloto", pero la mayoría no aceptan y no entran en la negociación). Como si todo lo anterior no fuera suficiente, sobre todo por la noche, el taxista suele rechazar sin ninguna educación multitud de clientes simplemente porque no le parece un trayecto interesante para él. Si se trata de un recorrido corto, lo más probable es que varios taxis nos den calabazas hasta que demos con uno con un alma lo suficientemente caritativa como para ceder. De todo lo anterior habréis podido deducir que, en general, la educación de los taxistas simplemente no existe.

En el absoluto opuesto están los taxis londinenses, que tienen la fama bien ganada de ofrecer el mejor servicio de taxis del mundo. No es para menos, teniendo en cuenta que están sujetos a una comprobación de antecedentes criminales antes de poder obtener su licencia de taxista; así como pasar por la prueba denominada "El conocimiento". De qué se trata exactamente ese conocimiento es algo difícil de definir, pero algunos dicen que está basado en una memoria extraordinaria. Se dice que los taxistas londinenses tienen la parte del cerebro que maneja la información visual y espacial del doble de tamaño que cualquier otra persona, y como toda esta información proviene además de una interacción constante con los habitantes londinenses, significa que están profundamente conectados con lo que ocurre en la vida de la ciudad y son los más adecuados para resolver nuestras dudas en cada momento. Son caros de narices… pero ¿y esa elegancia distinguida que también poseen? No los cambio por nada del mundo.

El motivo del post de hoy y de toda esta verborrea taxi´stica, es que la otra mañana cogí un taxi para acercarme a la ofi, por aquello de que con el apagón de mi barrio y tal, viajar en metro se me ponía complicado con la oscuridad, falta de electricidad y demás, y me reconfirmé en mi teoría de que el del taxi es un gremio peculiar. El amigo taxista de este viaje quiso hacerme el lío… con bastante poca fortuna, la verdad. Le pedí que me acercara a la estación de metro de Nuevos Ministerios, para de ahí cogerme el metro hasta Campo de las Naciones y… ¡maldita la hora! El taxista se puso farruco, farruco con que él me llevaba. Teniendo en cuenta que el contador ya iba por los 12€… pues como que se me ponía en un pico hacerle caso, así que ni corta ni perezosa, le eché un órdago:

- Me puede dejar aquí
- ¿En serio va ir en metro?
- Pues mire usted, sí
- Pero yo la puedo llevar
- No se preocupe. El metro desde aquí tarda 15 minutos.
- Pero yo la puedo llevar.
- Ya, ya lo sé, no se preocupe.
- Que yo la llevo
- A ver – para este momento ya se me habían hinchado los higadillos – le digo que desde aquí son 15 minutos. Le propongo un trato, usted me lleva a la oficina pero si tarda más de 15 minutos, la carrera corre de su cuenta… ¿qué dice?
- Le digo que no
- ¿Lo ve? Me voy en metro

...

4 comentarios :

Jenny Stagnetto dijo...

Debias de haber estudiado periodismo, te equivocastes de carrera. Besos

Quique dijo...

Muy bueno Inés! Pero menuda parrafada que has escrito!!!

Agnes dijo...

En serio crees Jenny?? jajajjaja, eres la segunda persona que me lo dice en menos de un mes.

Quique, ya sabes que cuando cojo carrerilla... es que escribir me relaja.

el viajero impresionista dijo...

El subproducto taxista da para muchas historias ene el apratdi viajes. A mi me llevó uno manco, que tomaba las curvas como Carlos Sainz. Saludos.