lunes, 7 de julio de 2008

Tianan Men y la Ciudad Prohibida

Tianan Men es la plaza más grande del mundo, pero cuando llegas de un vuelo tan largo, al caminar por su extensión al principio ni te das cuenta. Luego, con un poco más de perspectiva y la mirada más amplia, te das cuenta de que, efectivamente así es, y te descubres ni más ni menos que en China.

Tianan Men es la plaza más grande del mundo y nuestro primer contacto con la China más china, más allá de la grata sorpresa de la residencia donde nos hospedamos. Armados de nuestras cámaras, damos vueltas sobre nosotros mismos queriendo captar cada esquina, rodeados de chinos haciendo lo mismo y de un aire gris y plomizo cargado de calor. Entusiasmados por estar por fin en el destino esperado, posamos en grupo con muchas ganas e ilusión, mientras descubrimos a un padre chino fotografiando a su hija con nosotros de fondo. No será la primera vez que los locales nos utilizan de atracción turística. Muchos son los chinos que no han visto a un occidental en su vida, mucho menos de un grupo de 23 tan pintoresco como nosotros.

Al fondo, Mao vigila nuestra aproximación estudiantil, muy diferente a aquella revolución que acabó en tragedia hace años. Tianan Men sirve ahora de escaparate al mundo de las Olimpiadas, y como tal, es limpiado por un grupo de chinos con cepillo de dientes a nuestro paso franqueado por un cartel que lleva la cuenta atrás para los juegos. Tianan Men es también punto de encuentro, al amanecer, para todos los locales que vienen a contemplar la izada de la bandera. Y sirve también de puerta a la Ciudad Prohibida, abierta al público desde hace apenas unos años.

La Ciudad Prohibida no es para nada como me la esperaba, llena de templos y recargada hasta la médula. En vez de eso, al cruzar el umbral, nos encontramos con grandes explanadas de piedra con un único edificio central tras cada nueva pared. Nos cuenta el guía las peculiaridades del suelo: los adoquines se pusieron de forma perpendicular capa a capa para evitar que se pudiera cavar un túnel desde fuera. Una fortaleza inexpugnable, con tanto adoquín no puedo evitar preguntarme cómo lo harían para desplazarse con esos zapatos con doble suela de madera y aquellas capas y capas de seda rígida. Capas y capas es lo que tiene la Ciudad Prohibida. Explanada a explanada, pared tras pared, vamos llegando a su centro, lugar de descanso del Emperador en sus tiempos. Me sorprende encontrar tiendas de souvenirs en las capas más internas, o tal vez no. Hasta aquí llega el negocio: palillos, colgantes de jade… paso de largo mirando de reojo las baratijas. Algunos se paran para comprar agua fría (pronto dejará de serlo para convertirse en Ping Shue); y seguimos avanzando. En el centro de todo, los aposentos del Emperador. Aunque parecen viejísimos, la verdad es que no lo son tanto… varias veces las maderas fueron reducidas a cenizas a lo largo de la historia del palacio. Desde las barandillas se extiende una visión peculiar compuesta de típicos tejadillos chinos, verde y, al fondo, Beijing. El contraste. Si no fuera por los miles de turistas que abarrotamos esa tarde el palacio, apuesto a que nada se escucharía tras esos muros. Avanzamos hasta los jardines y protagonizamos la anécdota del día: en medio de una abarrotada foto de grupo inmortalizada por varias de nuestras cámaras, descubrimos a un chino grabándonos el video y a una madre que introduce a su hijo entre nosotros para fotografiarlo. Risas varias y sorpresa por nuestra parte. Segundos más tarde el mismo niño, abrumado, ya no se siente tan vergonzoso, pero sí azorado pro tanta gente y se echa a llorar, desconsolado. Nuestro guía, armado con una cámara, se abalanza a fotografiar sus lágrimas. Algunos nos debatimos entre la risa por la situación, y el lamentarnos por el chiquillo…

De camino a la salida nos enteramos que la visita prevista a la Bell& Drum tower no podrá ser por el tema del horario (son las 5 de la tarde y ya cierran), aunque parece ser que hay plan alternativo: un tour en jigsaw por los hutong.

Pero esa será otra historia…
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