miércoles, 30 de julio de 2008

Difícil de explicar...

Ahora que estoy de vuelta, muchos son los que me preguntan por el viaje. Los que se interesan no sólo por la experiencia en si, sino por el país y su idiosincrasia, los prejuicios sobre Oriente en Occidente establecidos. Otros tantos los que me hacen preguntas incesantes, los que me piden fotos, los que quieren sentarse y charlar sobre China.

Pero me encuentro con que tratar de explicar a la gente la realidad paralela vivida en China se hace a veces algo complicado. No porque no encuentres palabras, que brotan aceleradas y a borbotones por la necesidad de compartir lo vivido, de hacer partícipes a todos de la experiencia; sino porque éstas se quedan cortas para describir con la nitidez que se requiere lo que a fuego quedó grabado en retinas y memoria durante mi estancia en aquellas tierras lejanas.

¿Cómo describir el olor de China? ¿O el ambiente cargante que te golpeaba cada mañana en forma de calor húmedo y contaminación saturada? Complicado es describir, ni siquiera armada de fotos, lo que se siente al salir a la calle e intuir el sol por el calor, pero no por su presencia, oculta tras una gruesa película de humo y contaminación (¿sabíais que pasar un día en Beijing equivale a fumarse 2 cajetillas de tabaco?). Y ese olor… a chino, a sucio (que no a chino sucio), a humedad, a restaurante chino pero a lo bestia… era un olor penetrante al que no acabamos de acostumbrarnos hasta una semana después de haber llegado.

Es difícil describir también la impotencia ante las dificultades en la comunicación. El inglés tiene fronteras, y tienen la forma de China. ¿Cómo explicarle a un camarero que quieres un bol de arroz cuando en China se utiliza un lenguaje gestual distinto y nadie habla ni jota de inglés, mucho menos español? Pues muy sencillo: a base de señalar y jugar a las películas y al pictionary. Es increíble cómo en estos momentos crece de manera exponencial nuestra ansiedad, nuestra desesperación al sentirnos desvalidos ante semejante problema; y muy difícil de describir también. Es aquí cuando a base de intentos, descubres que la paciencia y las sonrisas se convierten en el mejor de los tándem. Aprendes de pronto que lo importante es nunca avasallar a un chino entre varios, a centrar su atención en un único problema y tratar de solucionarlo con paciencia, mucha maña, oído y ganas de hacerse entender, que normalmente va en una sola dirección. Sonreír mucho, y mostrar calma. ¿Cómo explicaros entonces la satisfacción absoluta que se siente al darte cuenta que te han entendido? Os prometo que es alucinante, pero hay que vivirlo para saberlo.

Me ha sido difícil transmitir también a algunos el agobio sentido en el Mercado de la Seda, y de ahí la falta de compras en el ámbito de las imitaciones. Comprendo que es complicado que me imaginéis agobiada en un mercadillo lleno de bolsos y de ropa de marca; pero la realidad es que cuando te encuentras encerrada en un centro comercial lleno de puestos en el que las chinas hablan español y te atacan por los pasillos para meterte en sus tienditas para que compres, y no te dejan salir si no es cargada de bolsas, incluso cuando la mercancía no te interesa, no debería resultaros tan difícil. A los chicos incluso les pegaban…. Una cosa tremenda. Una vez que quise probarme un vestido y que no quería llevarme porque me estaba más bien pequeño, dos de los chicos que nos acompañaban tuvieron que liberarnos literalmente de los dueños del puesto. Fue como en las películas de dibujos, cuando el caballero de brillante armadura libera a la princesa de las manos del dragón, pero en versión china. Allí nos tenían encerradas a la Inminente Opositora y a mí, agarrándonos de brazos y cuerpo, repitiendo una y otra vez “Sivanha bonita” y “tacaña tacaña” de muy malas formas y maneras hasta que los chicos, en una brillante estrategia de “distráelos mientras las saco de aquí” consiguieron sacarnos de allí de una pieza. Mi chaqueta de punto negro no tuvo tanta suerte, though.

¿Y qué deciros del regateo? Una cosa alucinante lo que se regatea en China. No sólo en el mercado de Antigüedades, de las Perlas o el de la Seda (imitaciones), sino también en tiendas de las normales. En los primeros, a saco y sin piedad. La frase “I’m a student, I have no Money” se convirtió en mi arma secreta y reducía el precio en un mínimo del 40% nada más pronunciarla. En las tienditas, bueno, la cosa era algo más discreta, pero existente. Si entre varias se compraban varios vestiditos, el precio se veía reducido. Una carilla de pena y la frase correcta, y 100 juanes abajo el precio (10 euros), la cosa era tener maña. Increíble, pero cierto. ¿¿Os imagináis semejante situación en España?? Entrar en Zara y regatear los precios… el sueño de cualquiera.
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