sábado, 29 de octubre de 2005

El Hombre del Acordeón ha vuelto

Hace mucho tiempo (allá por mayo de 2004) escribí un pequeño relato, si es que así puede llamarse, sobre un hombre al que tenía la costumbre de ver diariamente en el metro, el Hombre del Acordeón. Aquel hombre, durante el principio del presente año, seguía situándose en el mismo lugar que cuando escribí el relato, pero a causa de las obras del metro en mi parada y de la llegada del verano, un día ya no regresó. En una ocasión me pareció verlo en la Plaza de Felipe II, es una esquina, ordenando su carrito, pero por las prisas no pude comprobar si se trataba de él realmente. En cualquier caso, la mera posibilidad me alentaba.
El caso es que hace un par de semanas el Hombre del Acordeón volvió a su puesto, y yo me alegré, y sonreí sincera al escucharlo. Parece mentira como una se acostumbra a detalles como este cuando se hacen usuales y de nuevo se fácilmente se acostumbra a su ausencia cuando desaparecen. Pero verlo de vuelta allí fue reconfortante, y cuando volvió a sonreírme y a inclinar su cabeza como lo hacía antaño, me devolvió un sentimiento que casi tenía olvidado.
Mi Hombre del Acordeón ha vuelto definitivamente a la estación de metro de Goya, y lo puedo escuchar cada mañana, y puedo volver a sonreír con su música al meterme en el vagón como lo hacía antes.
Para que sepáis a lo que me refiero, he decidido colgaros aquí el relato al que hago referencia más arriba.

EL HOMBRE DEL ACORDEÓN
El metro no puede considerarse como un lugar cálido, porque no lo es. Quizás nos engañe a veces, cuando en el invierno nos presta refugio en el calor que lo habita. La calidez, sin embargo, es una sensación distinta, ajena la mayoría de las veces. La mayoría.
Ella lo encontró allí un día. Le ocurrió en uno de esos días que desde el principio comienzan con mal pie. Se había levantado tarde después de unas horas de sueño insuficientes para el cansancio que arrastraba de días anteriores, olvidando en la cocina por las prisas el primer café de la mañana que la ayudaba a despertarse y a empezar bien el día.
Al salir de casa fue una brusca ráfaga de viento helado la que acabó por despertarla, recordándola lo frío que es Madrid en invierno. Sus pasos se dirigieron rápidos hacia el metro mientras apretaba la carpeta contra el pecho para intentar guardarse un poco el calor, aunque sin éxito. Sus pies no parecían ir lo suficientemente rápido. Entonces entró en el metro, donde fue recibida por una bofetada de calor. – Al menos - pensó mientras el calor volvía a sus mejillas y podía recobrar al fin el movimiento de las manos, que ya buscaban con afán el abono en el bolso- vuelvo a sentir la nariz - . Aunque hubiera preferido seguir en su cama, durmiendo hecha un ovillo en una esquina, cubriéndose con el edredón. Otro día tendría que ser. De camino a la taquilla notó que algo había cambiado. No era lo mismo que las otras cientos de veces que había recorrido el mismo camino, hecho los mismos gestos al llegar al subterráneo. Aquél día todo parecía diferente, aunque no fuera capaz de establecer una razón clara… sólo intuía que no era lo mismo.
Se escuchaba una suave melodía de fondo, pero había lago en ella que la hacía distinta a todas las que había escuchado en el mismo pasillo hasta entonces. Un músico de metro más, llegó a pensar despreocupada; sin embargo, algo le hacía permanecer con el oído atento, intentando averiguar qué música era la que parecía ahora guiar sus pasos.
Avanzó por el corredor mientras la melodía cobraba sentido en su cabeza. Aún sin siquiera saber de qué se trataba, logró distinguir un acordeón cuya melodía ahora le parecía mucho más cercana, como si pudiera tocarla y rozarla con los dedos, envolviéndola y rodeándola con sus pensamientos. Entonces, por fin, el título vino a sus labios brotando la palabra de su boca casi como un suspiro. “Michelle” dijo, sonriendo. Hacía años que no escuchaba aquella canción, con lo que le gustaba.
Comenzó a tararearla en la cabeza, acompañada por la música que retumbaba en los azulejos del pasillo, la letra saliendo como si jamás la hubiera olvidado: “Michelle, ma belle, sont des mots qui vont très bien ensemble, très bien ensemble…”. Tarareando la canción, distraída, de pronto descubrió algo que le pareció curioso: la melodía estaba acompañada por una pandereta. Unos suaves golpes, apenas audibles, marcaban el ritmo. Entonces fue cuando lo vio. Al fondo del pasillo estaba el hombre del acordeón sentado en un pequeño taburete. Lo acompañaba un viejo altavoz cubierto de polvo atado a un carrito de maleta con una simple cuerda de esparto; sobre él descansaba un tapete amarillo con unas pocas monedas.
El hombre la conmovió. Desprendía un aspecto entrañable, con su gorro de fieltro negro sobre el pelo ceniza y su amplio y oscuro chaquetón raído. Saluda con una inclinación de cabeza a los viandantes, que no solían reparar demasiado en él. Ella se detuvo para observar la imagen desde la distancia. La pandereta que escuchaba estaba en el suelo, bajo el estropeado zapato que la hacía sonar con suaves vaivenes. Sobre la pierna izquierda del acordeonista se apoyaba el acordeón rojo, de teclas amarillentas y desgastadas por el uso. Se dio cuenta de que, desde que lo había estado observando aquel hombre no había dejado un segundo de sonreír. No pudo evitar el preguntarse el por qué, probablemente jamás llegaría a saberlo, pero algo la hizo reaccionar.
Reemprendió la marcha al tiempo que sus manos volvían a hurgar en el bolso, esta vez buscando el monedero, sus pasos retumbando en el corredor por debajo de la música; la canción todavía en su cabeza, acompañando la melodía del acordeonista. Cuando llegó a su altura y se detuvo para dejar una moneda en el tapete. Sus miradas se cruzaron al levantar ella la vista de nuevo. Sus ojos eran de un extraño color gris y brillaban de una manera especial. Su sonrisa era ahora para ella. De pronto se sintió mejor, y sonrió al hombre. Aquel pequeño e insignificante detalle acababa de alegrarle el día a la muchacha, que sin dejar de mirar hacia detrás de vez en cuando hasta que hubo perdido al acordeonista de vista, reemprendió su camino hacia clase, la carpeta otra vez apretada contra el pecho, tratando de guardar para sí la calidez que aquel hombre le había transmitido con una simple mirada.
A lo largo de varios días, cada vez que la chica llegaba al metro, escudriñaba el aire con el oído esperando que él estuviera allí. La mayoría de las veces se encontró con el silencio como respuesta. Otras, el sonido de algún otro instrumento; y las menos, aquél acordeón de nuevo. La diferencia era notable. No quizás en la técnica, pero sí en el sentimiento. Cada vez que escuchaba la música del hombre del acordeón, al abrirse las puertas del vagón, ella entraba sonriendo en el tren, su día un poco más alegre de lo que hubiera esperado al levantarse. Pronto descubrió la diferencia entre las distintas músicas, la del acordeonista sonreía, si es posible que la música sonría, y aquella sonrisa musical la invadía de una forma curiosa e inexplicable. Ese era el misterio: algo tan sencillo como una sonrisa.
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